lunes, 1 de agosto de 2016

La luz que se apaga.

Un rizo negro resbalado sobre la mejilla.
Un leve giro de cabeza, como si tus ojos pesasen,
acompaña un parpadeo lento
que traduce un suspiro culpable.
Suspiro extenuado, angustiado. Hastiado.
Esconde el secreto
frágil como hilo de araña,
que monstruos de ningún mundo,
 creadores de pesadillas reales, te clavaron
con saña cobarde y poderosa
entre tus dedos de tallo
y manos de delicada amapola.

Ala de mariposa caída,
sin estruendo aparente,
 pero que entierra cada uno
de tus silencios en pedazos.
Condenada a muerte en vida,
rasgada por una cruz afilada
desde vientre a corazón.
Torturada, devastada
por repugnantes garras de sudor.

Moriría contigo,
pero ni eso puedo hacer.
Ni mecerte en tu nana de tormento,
ni devolverte el momento antes,
y que tuvieses tiempo de correr,
de escapar,
para que nunca sucediese.

Solo puedo darte palabras asfixiadas en  impotencia,
desordenadas, sofocadas, caóticas,
naufragadas en angustia, dolor y odio.
Si hubiese estado cerca!.
Si hubiese oído un solo gruñido,
a tiempo de impactar
el todo contra la nada,
deshaciendo el hechizo,
en un instante angulado,
salpicando el final de la pesadilla
con un chasquido, un acorde final,
un crujido esparcido de rojo
y un silencio redentor.

Pero no fue así.
Ni aún puedo pedirte que no te vayas.
Tienes derecho a irte, ya que el mundo
diseccionó tu vida, masacró tu infancia.
Las canciones serán ya mudas.
Los juegos se han terminado y
los cuentos te dieron la espalda.
Culpable de inocencia, de ser niña, de nada.

Mi niña, mi pequeña,
mi niña de arena y azúcar.
Una más. Una menos.
Barrida por el viento, confundida entre las dunas.
Ni tu muerte ni la suya van a devolverte jamás el azul del cielo
cuando el aire aun era aire,
cuando dabas nombre a los pájaros
y al correr te saludaban las palmeras.

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